Es 9 de julio y en la calle nieva.
Mi prima tiene 40 y mi perra tiene meses,
para las dos es algo nuevo.
Hay algo maravilloso ahora, la cámara digital,
somos bichos capturados por velocidades y perturas automáticas.
Desde abajo no hay forma de ver la cima,
alguna vez la bisabuela se asomó por la ventana de madera
y dejó afuera un tacho donde hacía pis.
Las cortinas son las mismas, a mi hermano le gustan,
pero de adentro ahora sale un olor a sahumerio de violetas.
Es invierno y la parra está muerta.
Ya llegará el calor, las uvas y las chinches olorosas
y las abejas o las ratas que se reproducen entre las hojas.
Las palomas siempre están
engarzadas en las vigas que se cruzan
arrullando y pensando qué comer,
si las larvas de mosquitos en el agua estancada
o los doguis del platito.
Hoy el agua se congela.
No es un caracol la escalera,
es una línea recta que marca en piedra los pasitos de la vida.
Hasta la mitad hay un jardín y el perfume intenso a rosas.
Algunas naranjas perdidas y el intento de encontrar dinosaurios
en los ladrillos.
Más allá se ven las noches, las primeras: alguna seca mal fumada,
el vómito y un tacho repleto de vino.
La apertura no es suficiente
¿O será el tiempo?
Desde arriba la nueve se siente menos,
o las manos ya se acostumbraron.
Los techos no entienden nada, igual que mi perra,
no entienden cómo,
cómo pueden seguir iguales cuando afuera hay algo que cae,
o que vuela,
algo que los humedece y nostalgia
por los años que ya fueron,
por las demoliciones que vendrán.
Por las nuevas vidas al rayo del sol que,
pase lo que pase, de alguna manera,
abrazarán como asfalto, como polvo sutil
o como nueva estructura.
Captadas una y otra vez
por ojos naturales. Y funciones programadas.
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sábado, 30 de julio de 2011
lunes, 27 de julio de 2009
Es una tarde tranquila. No dice nada, camina muda, pero muda de un silencio de descanso. Cada tanto está el murmullo de hojas secas, empujadas por el viento frío del sur. La veleta verde gira, y su flecha apunta al sol.
Hay veinte ojos que miran, veinte oídos abiertos. Los dedos sólo ensayan, porque no hay reclamos de acción. No hay nieve, pero tampoco hay fuego. Las estrellas siguen lejos, y la luz es transparente. El camino se infinita, se desarma y se inmensura.
Es una Tarde de Tardes, como si fuera la última, o tal vez la primera.
Porque es una tarde de sol velado, pero que igualmente calienta, y reconforta. Cerrar los ojos y sentarse en el pasto seco ayuda. Dos benteveos se pelean por las migas de pan, pero no como siempre. Batallan sin roce de alas, calladamente. El río helado fondea; piedras rodando en el lecho y algún que otro pez que salta, dejando círculos perfectos en la superficie.
Hay veinte ojos que miran, veinte oídos abiertos. Los dedos sólo ensayan, porque no hay reclamos de acción. No hay nieve, pero tampoco hay fuego. Las estrellas siguen lejos, y la luz es transparente. El camino se infinita, se desarma y se inmensura.
Es una tarde perfecta, porque no siente nada y siente todo, porque en el aire se mezclan las sensaciones más canallas y las más sinceras.
Es una Tarde de Tardes, como si fuera la última, o tal vez la primera.
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