miércoles, 1 de abril de 2009

"Se siente, se siente..."

Córdoba, sábado 10 de diciembre de 1983

Habían tenido un día agobiante. Los 34 grados de la primavera que terminaba y un montón de malos ratos la habían puesto muy nerviosa. Pablo lloraba como un condenado. Se le había perdido su hámster y recién se dieron cuenta al mediodía, lo que les arruinó la comida. Encima de todo, el bebé que se movía como un loquito.

“Compatriotas: Iniciamos todos hoy una etapa nueva de la Argentina. Iniciamos una etapa que sin duda será difícil, porque tenemos todos la enorme responsabilidad de asegurar hoy y para los tiempos la democracia y el respeto por la dignidad del hombre en la tierra argentina…

Por la tarde tuvo otra pequeña pérdida, pero no era de cuidado; se había hecho habitual desde fines de noviembre. Tipo siete, con el sol ya menos furioso, pasó Osvaldo a saludarla e invitar a Dani para que fueran a Carlos Paz al día siguiente. Toda una jornada de pesca en el lago era la idea. Y, por qué no, llevarlo a Pablo, así se distraía un poco de la rata perdida y de paso le aliviaban la tarea de ocuparse de su hermanito. Fue la gota que colmó, porque no quería que en esos días- justo en esos días!- la dejaran sola. Osvaldo se fue y comenzaron a discutir. Él la trató de sensiblona, ella lloraba y toda esa macana- reflexiona, cree, años después- le desataron la hemorragia.

”Sabemos que son momentos duros y difíciles, pero no tenemos una sola duda, vamos a arrancar los argentinos, vamos a salir adelante, vamos a hacer el país que nos merecemos. Y lo vamos a poder hacer, no por obra y gracia de gobernantes iluminados sino por esto que la plaza está cantando, porque el pueblo unido jamás será vencido…


Fue como a las nueve de la noche. Habían llevado el televisor a la cama y ella, sentada ahí, enjugando sus últimas lágrimas, empezó a perder sangre. Esta vez sí que se asustó mucho. Dani llamó a Chichí, que estaba arriba, seguramente cenando. Llamó a Luis por teléfono y a Edgar para que los fuera a buscar. Llegaron a la clínica y ya Luis los estaba esperando, junto con los otros médicos. Ella llevaba su bolso pensando que el bebé no nacería todavía. Pero la cesárea se decidió en el acto y la pasaron a una sala donde una enfermera con cara de Drácula la afeitó.

”Una feliz circunstancia ha querido que este día en que los argentinos comenzamos esta etapa de 100 años de libertad, de paz y de democracia, sea el Día de los Derechos Humanos. Y queremos, en consecuencia, comprometernos una vez más: vamos a trabajar categórica y decisivamente por la dignidad del hombre, al que sabemos hay que darle libertad, pero también justicia, porque la defensa de los derechos humanos no se agota en la preservación de la vida, sino además también en el combate que estamos absolutamente decididos a librar contra la miseria y la pobreza en nuestra Nación…

Temblaba como una histérica. Hacía mucho frío y tenía mucho miedo, ese miedo de huesos próximo al terror. Necesitaba sentir cerca a alguien conocido, alguien que le insuflara un poco de confianza. Entró Luis y fue como si un hermano se hubiera arrimado. Se aferró a él y su ánimo mejoró.

”Este es un saludo nada más, y no hubiera sido completa la fiesta de la democracia argentina –por lo menos para mí- si no hubiera contado con la posibilidad de encontrarme nuevamente con ustedes para ratificar una vez más que soy el servidor de todos, el más humilde de los argentinos...

Ya en la sala de operaciones Edgar le dio el apoyo que necesitaba. La tranquilizó con un “estamos en la última etapa negrita, no te preocupes que yo te voy a cuidar”. Empezó a sentir los efectos de la anestesia total, y pensó que era una suerte que su propio cuñado se la administrara. Tuvo unas pesadillas horribles. Cientos de burbujas rosas -¿por qué rosas?- iban invadiendo su casa y deteniendo el tiempo. Los absorbía, a Dani y a ella y sus cuerpos morían, excepto sus mentes que seguían pensando. Deseó que mataran también sus mentes. Era el fin del mundo, era un espanto y ella no podía conocer a su bebé.

”Me comprometo nuevamente a trabajar junto con todos ustedes para concretar los objetivos que hemos pregonado por toda la extensión de la geografía argentina, y hacer ciertos esos objetivos que los hombres que nos dieron la nacionalidad nos presentan como un mandato que ahora sabemos está al alcance de nuestras manos…

Cuando despertó ya estaba en el dormitorio, con suero y transfusión. Aún no sabía nada del bebé. En realidad, muy adentro, no tenía interés en enterarse si había sido nena o varón. Estaba cansada de un parto que no la había tenido como protagonista. Recién a las seis de la mañana del domingo 11 de diciembre mejoró un poco y preguntó.

”Entre todos vamos a constituir la unión nacional, consolidar la paz interior, afianzar la justicia, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino”.

Las burbujas fueron rosas por una razón. Todo había salido bien.


viernes, 27 de marzo de 2009

Antón Cantoná


Juntarse a tomar mate con criollitos de hojaldre en la plaza de la Intendencia, un viernes a la tarde con 35 grados de máxima es, al menos, original. Hasta se podría decir que una tarea reservada a los valientes. O masoquistas, bah. Pero ahí están ellos; porque sí, por desafiar un poco las reglas del sentido común.
Se supone que, en casos similares, lo que uno hace es buscar la sombra más frondosa, sentar campamento allí, e ir corriéndose a medida que el sol invade el espacio. Al menos en eso tienen buen juicio. La tarde va pasando, el agua del termo disminuyendo, las colillas y migas de criollo se apilan en el pasto… y ahí es cuando aparece Antón Cantoná.

Antón Cantoná es el perro hedonista-estatuista. No se inmuta por nada. Es medio indiferente a todo lo que pasa a su alrededor. Las hormiguitas ésas coloradas que dejan ronchas ni lo tocan. No vale la pena, porque no va a aullar si lo pican.
No está buscando fama. Ni que lo miren más, o menos. Ellos hablan del perro amarillo de odontología, y él nada. Ellos se enternecen por los revires del perro láser, y él ni se calienta. Antón Cantoná hace la suya, monje soberano de tierras lejanas, adepto de una religión misteriosa y desconocida a la que ellos, tal vez, nunca accedan. O entiendan.
Sus ojos revelan estados de presencia absolutamente intensos. Su inmovilidad, un desprecio a la necesidad de estar en todos lados al mismo tiempo. Tirarse ahí de espaldas es suficiente.
A su alrededor se sucede el mundo. Pasa un camión de bomberos por la 27 de abril, y le sigue otro casi al instante. Un tipo de remera roja está sentado, solo, en los bancos de piedra, frente a los soldados malvineros. Parece que está dejando pasar la tarde, la está dejando escurrirse un poco. Tres o cuatro ambulancias sirenean ida y vuelta por la T. de Alvear. O capaz que fue la misma, buscando y llevando.


Antón Cantoná se limita a observar un poco. No mira. Observa. Se nota. Hasta da un poco de miedo, esa observación. Da la sensación de que no se le puede tratar de “che vo’ Antón”, sino más bien de “Don Cantoná”. Pero inmediatamente cierra los ojos y se pone apacible. La ciudad corre, la ciudad escucha, la ciudad canta y se recalienta bajo el sol de 35 grados, y la ciudad queda metida entre sus cuatro patas que apuntan al cielo.

El mate se acaba y la tarde también. Se levantan, sacudiéndose el pasto y las hormigas. Se nota, no sabés cómo se nota, que uno de ellos ahnela su inmovilidad perfecta, el poder ser feliz sin la omnipresencia, mientras que el otro quisiera lograr ese estado de presencia intenso. Se aseguran de que los cospeles no hayan rodado por el piso y guardan el termo para que no se rompa. Quieren dejarle un regalo, antes de encaminarse a la parada de los bondis.

Pero no hay forma. A Antón Cantoná no le gustan los criollitos de hojaldre.

jueves, 26 de marzo de 2009

Estuvimos ahí, querido Monet...

"Genial", pensé.
"Qué groso Mr. Blogspot, todo un artista. Me permite darle un toque impresionista al blog."

Pero no. Esta vez Mr. Blogspot estuvo más cerca de Ronaldo Mac Donald que de Claude.

La hamburguesa o la brocha... otra vez será.


miércoles, 25 de marzo de 2009

Dos situaciones, un día después. Opiniones por favor.

Martes 24 de marzo. Dieciocho horas dos minutos. Colón al 800, entre Avellaneda y Urquiza. Sale del depto, se para en la esquina sorteando la gente, los carteles y las fotografías en blanco y negro, fechadas. Hoy, lamentablemente, no puede participar, hay otras urgencias del presente que la reclaman.
El semáforo vuelve a ponerse en verde. Levanta la mano. El taxi frena. “Hola, buenas tardes, Soldado Ruiz al dos mil por favor, subí por Fragueiro”.
Una cuadra de recorrido y embotellamiento. Policías con cara de circunstancia y la avenida, después de Fragueiro, lógicamente cortada.

El taxista tiene pintado un gesto de enfado e incertidumbre.
“¿Por qué toda esta gente en la calle?”
“Es por la Marcha”
“¿Qué Marcha?”
“La Marcha por el 24 de marzo, el día de la Memoria. TODOS los años se hace. La gente se junta allá, en Colón y Cañada, más o menos a esta hora, y de ahí se parte, caminando para el centro…”

(Ya no era ni enfado, ni incertidumbre. Tampoco se podría decir que asco. Pero la siguiente mueca que hizo el taxista le advirtió que, mejor, no abriera más la boca por las treinta y nueve cuadras que quedaran de trayecto, entre el río y la bendita Soldado Ruiz).


Martes 24 de marzo. Diecinueve horas veintitrés minutos. Barrio Cerro de las Rosas. La reunión para afinar las estrategias de venta está concluyendo. El socio está cebando un mate mientras que el dueño de casa busca los criollos. La radio está prendida, hay un periodista en el lugar de los acontecimientos. La pava está chillando, pero igual se alcanzan a escuchar palabras y frases como “Marcha”, “comenzó”, “todo tranquilo”, “la convocatoria es cada vez mayor”.

El dueño de casa tiene pintado un gesto de incertidumbre.
“¿Por qué toda esa gente en la calle?”
“Es por la Marcha”
“¿Qué Marcha?”
“La Marcha por el 24 de marzo, el día de la Memoria. TODOS los años se hace. La gente se junta allá, en Colón y Cañada, más o menos a esta hora, y de ahí se parte, caminando para el centro…”

(Ya no era incertidumbre. Tampoco se podría decir que asco. Pero el siguiente comentario que hizo el dueño de casa –“Ah, claro, y el año que viene seguro celebramos nacionalmente el cumpleaños de Moria Casán, no?”- le advirtió que, mejor, no abriera más la boca hasta que el presupuesto se aprobara y consiguieran aquel bendito trabajo tan esperado).


Cualquier semejanza con la realidad… no es mera coincidencia.

sábado, 21 de marzo de 2009

Triángulo de ojo

En este, mi primer post, me limitaré a hacer una tríada observacional:

1) Por favor, ya he recibido preguntas y preguntas. A ver si aclaramos la situación: este blog se llama Galaxia de Camarones, no Galaxia de Macarrones.

2) ¿El blog no llega al mes de vida y ya tiene cuatro seguidores? La última vez que publiqué en un blog no existían los Club de Fans de Blogs; ¿se podrá currar con eso?

3) Lo admito, soy prejuicioso: no sé quién es Jorge Mux, pero tener como foto una berenjena no puede hacer más que despertar mi admiración. Imagino las reuniones de administradores de este blog:

-"¿Che, viste lo que comentó tal?"
-"¿No, quién?"
-"El de la berenjena!"

Así nacen los íconos carajo!

Bemvindos sean!

jueves, 19 de marzo de 2009

DELICATESSEN



Le avisaron por teléfono del acontecimiento. Sería al día siguiente, 13:45hs. Era indispensable que llevara una de sus preparaciones.
No pudo más que sonreír, satisfecha. “Ya era hora”, se dijo. Habían pasado –fácil- tres meses en los que no ensució ni una espátula, ni un bol de vidrio. “Mañana, a primera hora, manos a la obra… otra vez”.

Once de la mañana en punto, delantal verde y blanco para no ensuciarse, y los ingredientes sobre la mesada de la cocina. En dos horas todos verían su nueva creación, todos la disfrutarían. Se regocijaba del momento por adelantado. Lo estuvo meditando durante la noche y, a fuerza de insomnio, tenía la receta casi perfecta. (“Sí, casi, porque nada de lo que hago o haré es o será perfecto”, suspiró).

Empezó por lo básico. Harina y huevos. En cantidades suficientes. “Qué bárbaro”, reflexionó, “toda obra maestra se reduce a estos simples elementos”. Pensó en el pedazo de mármol que fue trasformado por Miguel Ángel en su David memorable, y el ladrillo que corona la punta de la pirámide de Gizeh. Simples elementos.

Por supuesto que no se podía limitar a eso. “Al fin y al cabo”, se resignó, “la presentación lo es todo”. Y en su caso era verdad. Ya antes le habían elogiado la elaboración, pero sobre todo la presentación. La última vez, lo recordaba tan pero tan bien, había sido en lo de María Helena; con sólo mirar lo que sus manos habían creado uno podía descubrir los sutiles toques secretos, la intensidad de los olores, los matices de los colores que se intercalaban, pero que nunca se mezclaban formando un marrón infame… pero por sobre todas las cosas las texturas. Ya se adivinaba algo pegajoso por aquí, pero excesivamente agradable. Por allá uno percibía el toque más bien espeso. Pero la especialidad de ella, lo que realmente la hacía indispensable, era lo crocante. Con decir que casi, casi, se podía ver el ¡Croc! Una onomatopeya completa.

Estaba todo casi listo. Sólo faltaba eso, la textura que sólo le puede dar algo crocante. Esta vez era más fácil, los ingredientes saldrían de su jardín, cosecha que incansablemente reunió durante todo el verano que ya estaba terminando.
Y mientras desmembraba las patas de las cucarachas, y mientras le cortaba las alas a los grillos y trituraba las chinches verdes que se habían ensañado con su parra en enero no paraba de reír pensando en Circe, y en lo mal que le habían salido las cosas a Delia. “A mí no” dijo en voz alta, “a mí las cosas me salen bien, porque todo el mundo sabe”.
Y ya los huevos empezaron a despedir el olor de lo podrido. Y ya los pedazos de queso rancio asomaron en la superficie como islotes hediondos. Y ya la mostaza vencida teñía las alas y las patas y las chinches, al ritmo del tenedor que todo lo batía.
Y mientras volcaba su preparación en un bol de plástico no dejaba de imaginarse a ella (y a las demás) tirándosela por la cabeza a su amiga Api que, en dos horas nomás, se recibiría de Licenciada en Psicología.

Para Mariana

martes, 17 de marzo de 2009

Dos blogudos, pero una blogless (hasta ahora)


Bueno. En fin. Henos aquí, yo con un bagaje mínimo en el mundo de los blogs y él (el GER!) con una idea un poco (un poco nomás) más amplia que la mía.

Ahora bien, ¿Por qué ooootro blog, estamos hartos de los blogs, lo de los blogs ya no va más, yo tengo cinco blogs y qué, pooobre gente desactualizada, te vamo' a quemá' el blo'?

Porque sí loco. Por vos que me lo pediste ochocientas veces. Por vos que lamentaste que éste terminara. Por vos que, sutilmente, aquella vez, rogaste que nunca nunca nos dedicáramos a escribir (uhhh te acordás aquella vez?). Por vos también, que no sabés quienes somos pero igual te metiste acá, buscando vaya a saber qué porquería. Y por vos, el amigo que nos hace el aguante y nos lee por eso, porque somos amigos y no queda otra si querés que siga poniendo plata para la cerveza de los findes.

A todos ellos (ustedes) que nos conocen (o no), que nos quieren (o no) y que nos leerán (o no) les va Galaxia. Ajá, bárbaro, qué lindo chicos, pero... ¿qué va a haber en Galaxia?

La respuesta no puede ser tan simple: Nada que no hayan leído en otros lados, con la diferencia que lo escribimos nosotros.
Uhhh chicos, todo bien con lo que ustedes escriben, pero si nos aburrimos, ¿les podemos hacer pedidos? Sí sí, por favor, que en un mes nos quedamos sin ideas.

Eso. Arranca. Disfruten flotando entre camarones. Y si no se lo bancan... no nos culpen, es la falta de gravedad del sitio.