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viernes, 29 de octubre de 2010

(R) espetó

A ver. Todo bien. Pero no entiendo.

No entiendo por qué si querés que te respeten, que respeten tu luto, tu dolor justificado, tus ganas de estar triste... termines puteando al que te está puteando porque no te respetan, ni respetan tu luto, tu dolor justificado, tus ganas de estar triste.

Te dicen, ponéle, "no podés, hijo de puta". Y vos respondés "no, pará, vos no podés, hijo de puta".

Más allá de todo, después de todo, al fin y al cabo, esencialmente: no estás devolviendo el respeto que pedís y que, por supuesto, te corresponde.

No lo devolvés porque no lo recibiste, me dirás.

A ver. Todo bien. Pero después de todo, al fin y al cabo, esencialmente: ¿ése no será nuestro gran problema?

...Tal vez sí lo entiendo. Pero, en realidad, no lo quisiera entender. 


Esto fue escrito en caliente hace dos días, entre censos y lutos. Lo publiqué en la red social, y fue muy satisfactorio escuchar distintas opiniones al respecto. Hay gente que comentó y que nunca ví en mi vida, a otros los conozco hace un tiempo. Cada uno de ellos planteó lo que había interpretado de forma correcta y educada. Nadie espetó, respetaron. Me alegró saber que me rodeo de gente así. Y si aún, después de dos días, lo plasmo acá en mi blog, es porque esa alegría no alcanza para sobreponerme a la tristeza de seguir observando tanta, pero tantísima virulencia, polaridades, oposiciones extremistas.

Si sos Blanco todos los blancos te aplauden el comentario, te festejan el discurso, te alientan a seguir blanqueando las paredes. Lo último estaría bien si no fuera porque, si sos Gris, ese Blanco te putea por tibio, poco comprometido, por negarte a ver la realidad, que es ÉSTA, la blanca, mirá la pared, es blanca! Y bueno, si sos Negro el Gris te entiende por la mitad mientras vos intentás salpicarlo un poco a ver si se decide, y el Blanco (obvio) te putea por Negro.

Y viceversa, no? El Blanco, el Negro y el Gris hacen lo mismo.

Podrías decirme que lo anterior es una forma demasiado simplista y hasta ignorante de plantear nuestra realidad. Y yo estaría de acuerdo con vos, es más, suelo rechazar tales reducciones de las cosas a plantearlas en términos de blanco-gris-negro.

Pero, desde hace un tiempo ya, ESO es lo que veo. Un cuadro que solía tener colores, y ahora está fotocopiado.

Un país River-Boca, con la violencia que conlleva... me cuesta horrores.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Ea (signo de exclamación)... Sin ella.

Mientras se terminan de escanear un par de dibujetis, y me tomo un café con leche atrasado (son casi las 11am), les dejo algo que escribí y que la honorable y nuncabienponderada María C me publicó en su blog. Fue una excelente forma de ejercitar el lápiz virtual, la imaginación y las ganas de escribir a través de su taller T.E.LIT.A que ya va por la tercera edición (compren!). Algo de mí... bah, casi todo de mí, está reflejado en lo siguiente. Ustedes dirán qué les parece. Los dejo con... mejor dicho.. sin ella.

Sin ella

Ella vino y le dijo en la cara, sin miramientos: “No tienes más invitaciones. Se agotaron para ti. Ya no podrás estar conmigo. Así que adiós”.

En cierto punto no le sorprendió demasiado. Ya venía percibiendo todo eso, pero no por sutilezas, sino por simples y llanas ausencias.

A decir verdad se conocían desde la infancia y habían compartido algunos momentos, pero efímeros, lúdicos, tiernos como cachorritos. No podría decirse que, en ese entonces, alguien lo notara. Lo importante empezó a los dieciséis. Ya había superado las incomodidades de la adolescencia, de formar una pareja medio idiota de besos escondidos y pocas palabras, de no saber lo que uno quiere y quererlo ya. El futuro se presentaba verde y fresco.

En algún momento de aquel verano, entre libros y canciones heredadas de los primos, ella apareció. Primero le generó cosquilleos en la panza, luego en el corazón. La cabeza fue lo último en reaccionar.

Al principio se presentaba por las tardes, en público. Eran un clásico los domingos en la plaza, con mates de por medio, la gente del cole, la guitarra. Y el canto, el canto limpio antes de que el call center le hiciera estragos en las cuerdas y el nódulo se instalara para siempre. Pero eso pasó muchos años después. En esos instantes sólo estaban la viola, la voz clara, el ocasional y amateur cigarrillo.

Pero luego ella empezó a colarse por las noches, cuando los ruidos dejaban de salir de la televisión y se escrituraban, se dibujaban, se pintaban o se leían. Vívían en un universo aislado de estrellas que iluminaban más fuerte. Aparecía casi siempre a medianoche y mientras la esperaba, los dedos de las manos y sus ojos y sus sienes latían como 30 indígenas bailando un son montuno en los oídos. Inevitablemente sobrevenían las madrugadas de ingenio, de palabras inventadas, de placer neurocordistante y de tributo a las pequeñas muertes.

Así pasaron algunos años. Y, como suele suceder, los tiempos mejores quedaron en esas manías juveniles. Sabía que no podía convocarla todas las noches; la facultad era un proyecto nuevo y había que prestarle atención. Ésas fueron las primeras vacaciones sin ella. En Santa Rosa de Calamuchita había mucho río, mucho fernet o cerveza, mucha carpa y mucha noche artificial como para entumecerse un poco, y olvidar.

Luego llegó el trabajo, porque el estudio no pagaba los gustos que quería darse y darle a ella. Le compró lindos y nuevos juguetes para que hiciera lo que se le antojara, pero ya no era lo mismo.

Y las noches se hicieron más solitarias. Ella venía de vez en cuando, y no siempre con la mejor predisposición. Por esa época sucedió lo del nódulo. Carpeta médica, una rehabilitación de nunca acabar, y el estrés propio de quien pasa por un túnel de silencios, con los dientes apretados y la impotencia de no poder echar la voz afuera.

El nódulo le cambió la vida de un momento doloroso para el otro. Dudaba que las cosas volvieran a ser como antes. Pero le puso ganas y con el tiempo le ofrecieron la famosa indemnización. Todos exclamaban que había sido una histórica victoria, dado que muy pocas personas habían obtenido el beneficio monetario ante el mismo problema. Pero ahí estaba la cuestión: “¿Ahora todo se reducía a ver cuánto metálico podías succionarle a una aseguradora?”.

Ella también se dio cuenta de eso porque los momentos de tensión, a la sombra del dinero, se hicieron más y más concretos, más palpables. Y así fue que un día no apareció más, tragada por la tierra. O tentada por alguien más.

No tuvo muchas noticias de sus andanzas. En el éxito de algunos colegas veía un coletazo de lo que ella podía ofrecerles. Pero nunca les preguntó. Hay cosas que mejor dejarlas así.

Hasta que llegó ese día en que la llamó por su nombre porque sintió –demasiado brusco- el vacío que le estaba dejando. Y fue cuando ella vino y le dijo en la cara, sin miramientos: “No tienes más invitaciones. Se agotaron para ti. Ya no podrás estar conmigo. Así que adiós”.

Y eso fue todo. Había tenido una segunda oportunidad, una tercera, una cuarta. Pero ella se lo dejó muy claro: se habían agotado las chances de visitarse. De ahora en adelante, ella prefería dejarla sola, con su voz cascada y los dedos aturdidos. Dejarla sola, sin ella. Su Inspiración.

domingo, 28 de junio de 2009

Ustedes qué?!

Habrá muchas cosas que comentar sobre estas elecciones en los próximos días. Ya imagino a la vieja eligiendo verduras en la feria, al recién-estudiante de la facu viajando en bondi, al oficinista de 9 a 17 al lado del botellón de agua:

"¡Qué loco lo del Pro!" "¿Viste el Cletazo?" "Qué triste lo del Chaco che...", "Ni hablar del terrible regodeo de la prensa con la ausencia del ex presidente, que recién apareció tipo 2 am para poner la cara a la derrota!"

Hay, repito, muchas cosas por comentar, pero acá los dejo con una de mi observador hermano:

2.40am, Mario Masachessi de TN en plano medio hablando a cámara y sacando conclusiones del discurso de Kirchner. De fondo, el plasma gigante con el slogan del Frente (Justicialista) para la Victoria.

Mi hermano: JAJAJAJAJA!

Yo, en mi escritorio con la pc: ¿Qué, qué?

Mi hermano: Nada, viste el slogan ese feo que tienen los K? ¿"Nosotros hacemos"?

Yo: Sí...

Mi hermano: La cabeza de Masachessi tapa una parte, y sabés lo que queda a la vista?

Yo: No, qué?

Mi hermano: "OTROS EMOS".

lunes, 6 de abril de 2009

Les tragédies minuscules

Te estoy engañando.

Sí, así como me oís. Te engañé y te estoy engañando, te lo digo a cara descubierta. ¿Que cuando empezó todo? No podría asegurártelo, porque mi mente ya no pensaba en vos, sino en abrirse a otras posibilidades…
Y tampoco puedo decirte cuando fue que cambiaron tanto las cosas entre nosotros… Yo sé que no fui tu primera, pero vos siempre supiste que fuiste el primero, el primero de todos…

¿Te acordás cuando iba al colegio? Yo con mi pollerita escocesa y medias rojas, tal vez el buzo de la promo 2001 si el día estaba fresco… mirando desesperada el reloj arriba del pizarrón, esperando impaciente a que sonara el timbre de salida para correr hacia el portón, atravesarlo y encontrarme con vos… recuerdo que ahí estabas, esperándome al frente, listo para llevarme a donde yo quisiera!

¿Tanto he cambiado desde entonces...? Te fui fiel desde la primera vez que te conocí, no hubo ningún otro en mi vida! Pero a medida que pasaron los años fuiste mutando en algo que empecé a desconocer…

Ya sé, ya sé, las circunstancias tampoco te trataron bien… la crisis del país nos pegó duro a todos pero a vos más que nada, y el tiempo también te jugó en contra… mientras yo florecía delante tuyo vos te deteriorabas, agobiado por la gente que te manejaba entonces…

Dejaste de esperarme. Y me dejaste clavada tantas, pero tantas veces…! Las tardes que habré pasado esperándote en la esquina de casa, ansiosa, harta de escuchar una y otra vez a Radiohead por los auriculares, y vos que te atrasabas, vaya a saber por qué motivos…! Porque –y en eso me tenés que dar toda la razón- nunca jamás me aclaraste los motivos de tus tardanzas, tus llegadas a destiempo… tus desplantes… ¿Te acordás aquella noche de febrero, que llovía a cántaros y caíste media hora después? Te puteé pero vos… vos impasible frente mío.

Ahora las cosas cambiaron. Y sí, todo empezó ahora que cambié de trabajo. Fue por eso que lo conocí, y él me conoció a mí. Cada vez que lo necesito está ahí, cada vez que lo busco, lo encuentro!
En él me reflejo, y me veo, YO, entera, radiante, casi despidiendo luz… en vos ya no me veía… vos me devolvías una imagen turbia, hasta diría manchada, manchada de humo, de calle, de lluvia…
En él recuperé no sólo mi reflejo, sino también mi lugar. Vos ya estabas rebosante de gente, un torbellino de personas con las cuales ya no podía competir…

Es por eso que te dejo. Es una decisión difícil, pero creo que es la mejor para ambos… Al menos, mientras trabaje sobre la Octavio Pinto, te abandono Central Azul. El N2 es- ahora- mi nuevo colectivo…

jueves, 19 de marzo de 2009

DELICATESSEN



Le avisaron por teléfono del acontecimiento. Sería al día siguiente, 13:45hs. Era indispensable que llevara una de sus preparaciones.
No pudo más que sonreír, satisfecha. “Ya era hora”, se dijo. Habían pasado –fácil- tres meses en los que no ensució ni una espátula, ni un bol de vidrio. “Mañana, a primera hora, manos a la obra… otra vez”.

Once de la mañana en punto, delantal verde y blanco para no ensuciarse, y los ingredientes sobre la mesada de la cocina. En dos horas todos verían su nueva creación, todos la disfrutarían. Se regocijaba del momento por adelantado. Lo estuvo meditando durante la noche y, a fuerza de insomnio, tenía la receta casi perfecta. (“Sí, casi, porque nada de lo que hago o haré es o será perfecto”, suspiró).

Empezó por lo básico. Harina y huevos. En cantidades suficientes. “Qué bárbaro”, reflexionó, “toda obra maestra se reduce a estos simples elementos”. Pensó en el pedazo de mármol que fue trasformado por Miguel Ángel en su David memorable, y el ladrillo que corona la punta de la pirámide de Gizeh. Simples elementos.

Por supuesto que no se podía limitar a eso. “Al fin y al cabo”, se resignó, “la presentación lo es todo”. Y en su caso era verdad. Ya antes le habían elogiado la elaboración, pero sobre todo la presentación. La última vez, lo recordaba tan pero tan bien, había sido en lo de María Helena; con sólo mirar lo que sus manos habían creado uno podía descubrir los sutiles toques secretos, la intensidad de los olores, los matices de los colores que se intercalaban, pero que nunca se mezclaban formando un marrón infame… pero por sobre todas las cosas las texturas. Ya se adivinaba algo pegajoso por aquí, pero excesivamente agradable. Por allá uno percibía el toque más bien espeso. Pero la especialidad de ella, lo que realmente la hacía indispensable, era lo crocante. Con decir que casi, casi, se podía ver el ¡Croc! Una onomatopeya completa.

Estaba todo casi listo. Sólo faltaba eso, la textura que sólo le puede dar algo crocante. Esta vez era más fácil, los ingredientes saldrían de su jardín, cosecha que incansablemente reunió durante todo el verano que ya estaba terminando.
Y mientras desmembraba las patas de las cucarachas, y mientras le cortaba las alas a los grillos y trituraba las chinches verdes que se habían ensañado con su parra en enero no paraba de reír pensando en Circe, y en lo mal que le habían salido las cosas a Delia. “A mí no” dijo en voz alta, “a mí las cosas me salen bien, porque todo el mundo sabe”.
Y ya los huevos empezaron a despedir el olor de lo podrido. Y ya los pedazos de queso rancio asomaron en la superficie como islotes hediondos. Y ya la mostaza vencida teñía las alas y las patas y las chinches, al ritmo del tenedor que todo lo batía.
Y mientras volcaba su preparación en un bol de plástico no dejaba de imaginarse a ella (y a las demás) tirándosela por la cabeza a su amiga Api que, en dos horas nomás, se recibiría de Licenciada en Psicología.

Para Mariana